Cualquier destino parece mejor opción que quedarse. Para mí, permanecer en esta tibia aproximación al texto es mucho mejor que salir a la cruda ciudad que se levanta tras el frío, sesteante y envejecida: los que no se han ido tampoco están y es esto lo que en verdad me entristece.
Sin embargo, en un torpe arrebato de optimismo, mientras casi todo el resto de los uruguayos sueña o proyecta hacer las valijas, o por el contrario, dormita entre el Centenario y el Lapido, yo proyecto mi negocio como en Babia voluntaria; a todo pulmón, como mis bisabuelos. Lo paradójico es que nunca he sido demasiado optimista.
Acaso por esto no dejo de hacerme la pregunta: es este un acto de coraje o de cobardía?
Imagino a veces un Montevideo abandonado por completo a la suerte de su intemperie, y no en vano los grandes protagonistas de la imagen son su Arquitectura y sus sentido de Urbanidad. Imagino por ejemplo un Panamericano habitado por intrusos que ya no lo serán, y al ruido del viento galopando los insterticios que dejarán los vidrios rotos; y sobretodo me pregunto si eso no es ya Montevideo.
Esa imagen de ciudad se parece demasiado a la que tengo del colo, con sus ojos clavados en la nada y la poesía de su intelectualidad quebrada. Existe algo morbosamente bello en la figura del loco, que nuestra sociedad grisácea enaltece demasiado.
Y yo no soy ajena a esta culpa que nos devora.
Tal vez sea justamente la culpa, y el deseo reprimido a la renuncia. Tal vez sea la constatación de la fragilidad en su sentido más puro. En cualquier caso, creo que hay algo definitivamente burgués en ese placer sórdido de mirar con ojos de suspiro al loco, al desahuciado. Sospecho que esto tiene mucho que ver con que sean los que piden –y no los que venden- los que más recaudan en los ómnibus.
En sorbos repaso mentalmente las sombras que para atrás se proyectan, la siguiente más larga que la anterior, hasta ese punto ambiguo en que se confunden con el asfalto; o la memoria. Montevideo es un texto imposible de escribir, sin embargo está y es en ese punto.
Sigo esperando una idea. Y es porque creo que no hay nada más parecido a la magia.