21 noviembre 2003

CRÓNICA DE UN HECHO INCIERTO



No es por ahorrar que camino, cuando camino Montevideo. En general, es más bien por falta o exceso de alguna cosa en mi cabeza. Me gustaría saber qué cuerno son tales, como las endorfinas y otras de las que hablan los doctores; por otro lado, también me gusta imaginarlas como líquidos simpáticos con cara de pizpiretas. Ayer caminé desde 18 y Joaquín Requena hasta casa, así que el exceso o la falta debió haber sido grande.

Sin embargo, no es tanto lo que camino sino como; no es tanto lo que veo sino la forma en que la imagen se representa o más bien se proyecta en los sucesivos cuadros. No es tanto todo eso, sino el susurro constante, casi incoherente tras el cansancio del narrador que me sopla. Siempre me veo bien en tales circunstancias, me veo tan bien que es imperdonable que jamás me cruce con algún conocido no preciado. Los desconocidos en cambio no alimentan el ego, pero suelen disfrutar la mórbida sensualidad de mi mirada apática. Y esa sensación asqueante abunda en la calle: una mujer, tirada en un rincón con un chico, llora sin parar. Y nadie la vería si no fuera por este detalle. Lo mismo que a ella me hace visible. No mi voluptuosa frontalidad (o no más que de costumbre, al menos).

La atracción que la gente siente por el dolor ajeno, a la que le rezan todos los días los productores de telenovelas "quenuncanosfalte" -y de la que nadie se salva, bueno es decirlo- me ha atraído un poco siempre. Los analistas dirán que es un mal necesario derivado de la identificación, con el mismo tono que los profesores de física hablan de las bondades de la fuerza de rozamiento, pero quién de verdad no ha fantaseado con un universo sin ellos?

Cuando camino Montevideo puedo ser muchas cosas, y eso también me gusta. Puede incluso Montevideo ser una ciudad donde increíbles eventos se suceden a mi alrededor. Y a veces incluso, algo efectivamente sucede.

La mayoría, sin embargo, las únicas fuerzas que pugnan son mi voluntad quebradiza de no ingresar en la próxima zapatería o la estúpida mala suerte de cruzarme con un antiguo amor en el afiche de cdwerwhouse: el muy piola se aparece fantástico sin otorgarme el beneficio de responder a la mirada burlona.

Todos los tipos de los que alguna vez estuve enamorada tienen un barniz de artista frustrado hasta que me abandonan -o los abandono yo- ahí se vuelven famosos. Hoy me picó una abeja. no estoy muy segura de si es verdad lo que dicen, que después de picarte se muere; por otro lado, no parece tener mucho sentido desde una perspectiva occidental. Si la idea de picarte es defensiva, cuál es el punto de hacerlo si va a morir al rato. Tal vez Dios sea árabe después de todo. O tal vez sea por eso que no tienen conciencia las abejas.

Los antiguos amores se parecen un poco a las abejas, después del dolor del aguijón incrustado, después de sacarlo incluso con paciencia, la reacción alérgica y la bronca de tener que comprar kalitron -que por cierto a vuelto a subir- prefiero pensar que no existen más. Tal vez lo de la abeja sea un mito urbano inventado por el Club de las Susanitas.

Es por eso que me molesta cruzarme con algún rastro que evidencie irrefutablemente sus existencias. En el fondo no soy más que una pequeña burguesita con ancestros un poco snob. Y no hay nada que moleste más a mi grupo que la constatación del éxito de quién nos ha herido de una u otra forma. No así tanto lo contrario, es verdad, pero qué es peor? Guardar rencores ancestrales sin ningún reparo o reprimir por acto del componente castense al dedo maldecidor?

El hecho es también que cuando camino, cuando camino Montevideo, pienso todas estas cosas todo el tiempo, u otras, igual de impávidas en su inutilidad, mientras fantaseo vacaciones que no puedo pagar ni saciarían el cansancio que no es el de las piernas entumecidas por el estrés ni el de los pies hinchados por el calor. Finalmente llego a casa absorta, cometo tantas descortesías en el ascensor como se presentan, y después de mirar convenientemente cualquier cosa en la tele se me olvida el barullo. Al otro día, al despertar, me siento espléndida otra vez y reconozco mi incapacidad de soportar la angustia. Entonces pienso en voz muy baja que debo conseguir urgentemente un siquiatra y que de nuevo estoy llegando tarde al trabajo.