29 febrero 2004

VÉ SIN DIOS, QUE SIEMPRE ES MEJOR


“Mire...”, me dirigí al tipo con mucho aplomo y compostura porque sabía que lo que iba a decirle podía sonar bastante mal y en el fondo me molestaba un poco dar una impresión demasiado extraña. En cambio cuando empecé a hablar las palabras fluyeron tan rápida y naturalmente que yo misma pensé que no era para tanto.

“...lo que voy a pedirle va a sonar bastante raro, pero ya sabrá usted quizá, que el 80% de los escritores son enfermos mentales, no es que yo me considere una –escritora, quiero decir- pero se dará cuenta también que en el fondo la vida no es más que una novela bastante mal escrita, por lo que el estudio citado por el Licenciado G. parece coherente. En fin, como le decía, el hecho es que he perdido mis lentes y creo que podría encontrarlos si usted me hipnotiza.”

Del otro lado del escritorio, el médico me miraba con atención pero no parecía especialmente interesado o incluso extrañado por el planteo, y cómo tampoco parecía dispuesto a emitir comentario alguno, supuse que debía continuar.

“Como le decía, lo que me pasa es que necesito acordarme de dónde fue que los dejé –la verdad es que ya he dado vuelta mi casa y siguen sin aparecer...”

Él seguía en su apática actitud y por un momento sospeché que me creyera más loca que lo que en verdad podría llegar a estar, así que continué:

“Los que tengo puestos en este momento son los anteriores, no es que me haya cambiado el aumento pero…, todavía los estoy pagando, me entiende?

Para ese entonces ya había logrado crisparme con esa silenciosa cara de “y a mi que me importa” y no fue hasta pasados unos minutos, cuando pareció convencerse que no tenía más que decir, cuando finalmente osó abrir la boca:

“Te entiendo, pero...te molestaría mucho explicarme un poco más en detalle lo que pasó?” y de pronto sonrió como si imaginara mi ancestral reparo hacia la profesión que practicaba y se inclinó levemente hacia mí para continuar: “Imaginate que yo te pidiera un modelo animado de mi casa para ensayar mis posibles recorridos y así recordar dónde he dejado las llaves...” la comparación me resultó poco felíz, pero me pareció un buen gesto de su parte y quizá por eso, le comenté que había sido un día abrumadoramente normal.

“Fue el 29 de febrero. Me fui a dormir y después de dar varias vueltas en la cama, decidí leer un rato. Lo hice en el living para no despertar a mi novio con la luz. Al cabo de un rato me empezaron a arder los ojos y volví a la cama. Obviamente tuve los lentes puestos hasta ese momento al menos, pero no puedo estar segura sobre dónde me los saqué, si en el dormitorio o en el living, o en alguna otra parte de la casa. Tampoco tengo la certeza de no haber dado alguna vuelta más antes de ir a acostarme. Lo que sí recuerdo claramente es que una vez en la cama, me volví a levantar al rato para ir a baño. Finalmente me dormí. Al otro día los busqué donde los dejo siempre y no estaban, me puse estos que tenía guardados en el cajón y empecé a revolver todo, absolutamente todo.

Lo primero que pensé fue que se podían haber caído atrás o debajo de la cama, pero cuando revisé no estaban, ni tampoco en la estanterías sobre la cabecera, ni en las que están sobre el escritorio, ni en la mesa de la computadora, ni atrás de la mesa de la computadora, ni atrás del escritorio, ni abajo del escritorio. Busqué también en el living antes de empezar a angustiarme, no estaban ni en la mesa de la lámpara, ni en el revistero de la mesa de la lámpara, ni abajo del sillón, ni entre los almohadones del sillón, ni debajo de la alfombra, ni de la mesa ratona ni sobre ella ni dentro de los múltiples adornos que la pueblan y al modular y a la mesa del comedor y a la mesa auxiliar del comedor. Volví a mi cuarto, ya un poco nerviosa y empecé a buscar entre los múltiples papeles sobre el escritorio y la mesa de la computadora, y las cajas en las que guardo los papeles que ya no entran en los muebles. Tengo siempre muchos papeles y mientras los buscaba fui ordenando un poco. Ordené también los libros de las estanterías y los discos que estaban bastante entreverados. Entonces pensé que tal vez los hubiera dejado en el ropero, aunque tenía poco sentido y también ordené esto que era un completo desastre. Revisé también los baños; no estaban en el placard dónde se guardan las cosas de limpieza ni en los cajones bajo la mesada ni por supuesto sobre la mesada, ni atrás del water ni del bidet, ni en el duchero ni en el otro baño en ninguna parte. Tampoco estaban en la cocina. Busqué hasta dentro de la heladera y el hormo. Cuando ya estaba buscando en lugares por completo ridículos, comprendí que debía hacer un alto y pensar. Ya eran más de las cinco de la tarde y estaba famélica.

Me hice un refuerzo de tomate y queso que es lo que como siempre que no hay nada más y me puse a pensar; repasé la noche anterior, la repasé sin suerte una y otra vez.

Siempre le digo a todo el mundo que en mi cuarto hay un agujero negro que se roba las cosas y las devuelve después de años, cuando se cansa de jugar con ellas. Lo digo en chiste un poco porque me parece que es una imagen divertida y otro para evadir tremendas búsquedas cada vez que alguien me pide los apuntes de una materia que dí hace más de dos o tres meses. La verdad es que mi cuarto es siempre un gran embrollo de papeles, ropa, servilletas, vasos, galletitas, materiales de maqueta, libros y tantas otras cosas. Mi cuarto está siempre tan desordenado que a veces tengo que hacer espacio para poder existir en él. Hace un par de días, encontré con terror unas carpetas del ministerio que hacía al menos una semana que estaban allí."

Entonces me acordé la forma en que me había despedido de G. el viernes anterior. Me había tomado los tres días de la semana de carnaval de licencia. El psiquiatra, evidentemente freudiano, tenía una extraordinaria capacidad para “hacerse despercibir” y aquello me perturbó tanto como la macabra idea que se me había ocurrido unos instantes atrás.

[“Vé sin Dios, que siempre es mejor” le había dicho al licenciado a modo de saludo y nos habíamos reído un buen rato hasta que al fin se fue con una enorme sonrisa y un agujero en el estómago, porque como de costumbre eran más de la una y aún no había almorzado. Aquel viernes lo había imaginado, horas después, cuando caminaba a casa, entre el alboroto de leguleyos, administradores y vendedores de todo tipo, sonriendo desentonante entre toda esa gente seria, tal vez porque yo misma sonreía inusitadamente. “el que sólo se ríe, de sus pecados se acuerda” había pensado entonces, y había recompuesto la cara de contrariado que debe tener uno en la ciudad vieja para no despertar sospechas entre sus habitantes. Acaso esa blasfemia me estaba costando los lentes? Era tan estúpido que no me atreví a decirlo. Pero los lentes habían desaparecido y era cierto, no estaban y no creía posible la existencia de un agujero negro en mi cuarto, pero no era menos ridícula la existencia de Dios y menos aún que fuera tan pelotudo de no tener mejores cosas que hacer que desaparecer mis maravillosos lentes de acetato trasparente.]

La pausa en mi relato debió ser bastante larga porque el psiquiatra me miró como haciéndose visible de vuelta y no necesitó pronunciar palabra para que yo me sintiera lo suficientemente incómoda como para proseguir con cualquier cosa.

“Sabe, llega un punto en que uno empieza a dudar de todo, pienso que tal vez sea sonámbula o algo así. De la única forma que pueden haber salido de mi casa es por la ventana... y si los tiré por la ventana?”

[Con esto creí que había ganado un poco de tiempo para distraerlo y pensar a mis anchas sin apersonar aquel papel de demente y ser hospoltalizada en el Villardebó. Sería posible semejante estupidez? Sería que ese día extra en el año el universo podía apropiarse de lo que le diera en gana, y había elegido mi lentes queridos? Y qué si el mismo Dios existía y se había ofendido por mi descortesía de creer que su compañía era un tras tiempo?]

“La verdad es que realmente esto me ha trastocado un poco” le dije como sometiéndome a su ciencia; en el fondo era verdad y no importaba tanto si omitía parte de la historia. “Yo creo que todo tiene una explicación, que no conozcamos o incluso vayamos eventualmente a conocerla no implica que no la haya”, agregué. “Y yo necesito saber si el agujero negro está en mi cuanto o en mi cabeza”

[Eso era estrictamente cierto, y entonces me asaltó otra idea más perturbadora aún: era verdad que andar sin Dios era mejor que con él, de otra forma estos paréntesis nunca habrían sido escritos.]

Quizá intuyó que no le estaba diciendo todo, o quizá no, pero de algún modo tuve la sensación de que entendía que el tema era importante para mí y que no era una ecuación puramente económica la que me había llevado a su prolijo y tenue consultorio; el hecho es que con notado pesar me dijo sin más:

“Ya es la hora... me gustaría continuar la semana que viene”

Y me dio tanta bronca que le pagué sin chistar y jamás volví.