20 enero 2003

LA LAMBRINA DE DIAZ


Caminar por Perez Castellano, desde Veinticinco hasta la rambla del puerto, es transitar un paréntesis mágico. Hace tiempo que lo he descubierto, pero aún no me atrevía a develarlo, o acaso más bien, aún no había logrado comprenderlo de la forma que amerita semejante anuncio.

Me llevó casi un año de religiosa peregrinación diaria articular las variables correctas y ensayar los aciertos y errores que el buen científico debe plantearse antes de arribar a cualquier conclusión. Creo que ha llegado el momento: Pérez Castellano no está en Montevideo ni en cualquier otra ciudad; el turista atolondrado, mira a través de un lente y pocas veces lo descubre, y es esta una suerte para los operadores locales, que en fondo no quieren admitirlo; cómo que el Río de la Plata no tiene nada de río, el caso de Perez Castellano es otro de los muchos ocultamientos que los montevideanos callamos por pudor o vergüenza, o a veces simplemente, por pura conveniencia.

Pero me he aventurado demasiado, tal vez por la pereza de una demostración ilustrada que no tengo intenciones de hacer, o por la dificultad de ordenar con algún criterio sensible las sospechas que justifican mi convicción; tal vez -y esto es lo que realmente importa- por temor a que estas no resulten convincentes siquiera para mí. Perder una certeza es algo bastante terrible como para todavía hacerlo por escrito dejando recaudos de tal fracaso a la posteridad y a uno mismo. No he de correr ese riesgo, daré libertad al lector desconfiado y al crédulo.

La rutina hace que veamos cosas que generalmente no vemos. La repetición sistemática de una circunstancia cualquiera, lejos de adormecer nuestros sentidos, como en principio es lógico creer, despierta curiosidades insólitas e inauditos niveles de percepción. Como ya he dicho, este es el caso.

La tristeza del domingo en la noche llega a veces hasta la mañana del miércoles. La tristeza en Perez Castellano en cambio, es mucho mas dulce. Y también de eso se trata. La actividad despeja el pecho y por fin lo cauteriza.

Aquel lunes parecía normal y de hecho podría decirse que lo fue; al momento de poner el dedo en el reloj -o tal vez el instante siguiente- me había olvidado de todo. Ahí estaban, el licenciado G., la IBM destartalada y los expedientes de Diaz sin informar. La jornada se desarrolló como de costumbre, sin mayores sorpresas. Fue el lunes siguiente que lo recordé.

Había caminado pensando en lo mucho que extrañaría hacerlo, cuando ya no fuera parte de mi rutina, había pensado que sería justamente eso lo que más extrañaría: los escasos minutos del día en que uno puede disfrutar de tener trabajo sin estar haciéndolo. Había pensado también, que los balcones de Perez Castellano, bien podrían ser los de Cartagena, y que las frutas y verduras de los puestos, eran siempre los más lindos de Montevideo. Había pensado que la gente que camina por ahí, es tan distinta que resulta difícil creer que tenga en común una calle, más aún, dos cuadras de una calle. Y me había quedado mirándola, como si acabara de descubrir un milagro. Entonces fue que pasó, pero ese día no lo supe.

Ensayé mi caminar preferido, y pronto había llegado a destino. Llegué y como siempre, saludé al paso hasta alcanzar el reloj justo a tiempo. Y fue ahí, en el reloj, mientras la luz del escáner escrutaba al dedo índice.

Perez Castellano no existía, no era, no tenía forma. Tampoco tenía gente. Era imposible y era cierto, pero de algún modo me resultó coherente en ese instante. El recuerdo de la imagen, fue mucho más tangible que lo que no había visto una semana antes y era eso justamente: que no había visto nada. Había caminado sin ver nada, y lo recordaba perfectamente. No había visto fachadas que encuadraran la calle, y en las fachadas que no había visto no había visto balcones. No había visto puestos de frutas y verduras, no había visto gentes distintas ni iguales. Miré, miré fijamente y no vi nada.

Me pregunté entonces si este recuerdo no me asaltaba cada lunes, porque me resultó familiar y así, me quedé inmóvil por un rato.

Al principio lo creí verdad y luego fui inventado razones y pruebas de que había sido un disparate. Después de un tiempo me resigné a dejar el asunto en la lambrina del cerebro dónde van a parar los expedientes de Diaz, y confieso que desde entonces estoy más tranquila.

Volví a caminar esas dos cuadras mil doscientas ochenta y tres veces y nunca más volví a no ver nada.