24 diciembre 2002

HACIA UNA DEFINICIÓN EMPÍRICA DE LA CASTA II: DOÑA CASTA.


Katia Keginssky amaneció ese día algo perturbada. Sin mucha prisa se vistió a tientas, mientras repasaba mentalmente su agenda. Sobre la mesa de la cocina, dos tazas de cerámica anunciaban la pereza del imperativo desayuno. Tal vez por eso decidió bañarse.

Tenía que hacer masa para una gran pascualina; dos bizcochuelos y un lechón estaban también en la lista. Cuando el vapor empezó a adormecerla de nuevo, salió de la ducha, para encontrarse con un rostro cansado del otro lado. Quién habría salpicado esta vez el espejo?

Mientras tostaba unas rebanadas de pan y ponía las tazas de café con leche en el microondas; pensó que acaso la costumbre de sacudir desde el cepillo de dientes hasta la toalla empapada era algo que venía inexorablemente asociado al cromosoma Y.

De camino al dormitorio de nuevo, se topó con lo que sería el detonante definitivo a instaurar el mal humor del día: la lista que había pegado el día anterior en la heladera yacía intacta en el piso, imposible de haber sido advertida por su destinatario, que, como luego confirmó, contaba con el beneficio de la desinformación. En ese momento se convenció por fin de la existencia de dios, y lo maldijo, por Hijo de Puta.