Ha empezado.
Al principio, lo confundí con una inusual sensación de paz, pero mi confusión no duró. Y ni si quiera estoy segura de no haberla fingido para alargar el alivio.
Al principio es alivio. Alivio por los músculos relajados, alivio por la claridad mental, por el barullo de la calle que se vuelve susurro y después desaparece. En estos tiempos, no es tan fácil renunciar a un alivio cualquiera, incluso cuando se trata de uno que al final cuesta caro.
Cualquier estado en el que uno pueda caminar por dieciocho de julio, o más preciso sería decir “cualquier estado en el que uno intente hacerlo con cierto éxito para esquivar indigentes, volanteros, pasivos y empleados que llegan tarde a algún lado, sin convencerse que esto no tiene ningún sentido”, tiene que ser bueno. Esa es la trampa del alivio, la ajenidad. Y es una dicha que vale la pena.
La pena, en cambio, se esconde tras de sí. La pena es anterior y estará más tarde. Pero se esconde tras todo aquello que al final no iba a durar –y aquello, es casi todo-.
Cuando viene, busco razones. Las busco, las encuentro y las lloro. Y al otro día me he distraído. Esa es la paz del alivio; el alivio de no resistir más. Solía culpar a mis razones y enarbolar la bandera de mi pena con orgullo. Por seguir, por levantarme, por ir a trabajar, por hacer amigos, por sonreír, por inventar un discurso interesante, por darle el asiento a una señora mayor, por hacer un chiste o enamorarme. Por renunciar a la renuncia.
Ha empezado y espero, esta vez, no detenerla. No puede ser peor que seguir en esta distracción resistente. He imaginado tantas veces el día de la renuncia, que ya no estoy segura qué es sueño y qué no. He imaginado que al final se va la pena y me pregunto que será que es más viejo y más fuerte. Me pregunto qué estuvo antes, y que estará después.
Ha empezado y esta vez, no quiero detenerla. Estoy segura que solo conozco su olor; esta vez quiero probarla, dejarla largo en mi lengua y sentirla caer por la garganta gota a gota, dejarla quemar al estómago vacío y recorrer el cuerpo adormeciéndolo de a poco.
Es una distracción, nada más. El quijote o la cola del banco; y claro que es mejor el quijote, aunque no estoy segura si más efectivo, pero no por eso deja de ser, solo una distracción para olvidar la pena. Cuando venga, ya no quiero distraerla.
Ha empezado, ya está. No he podido imaginar otra forma, y de pronto me doy cuenta que nunca me he sentido mejor.
Esta vez, no voy a distraerme, esta vez no podré hacerlo.