
La calle Sarandí no es demasiado conocida después de la plaza Matriz, la Ciudad Vieja entera es casi un misterio después de los umbrales de la zona financiera; pero concretamente Sarandí cambia el tenor de sus voces, del PBI, IPR y BPS, entre otras siglas, a voces de oferta que se pliegan con Colón. Yo hacía el camino inverso esta vez. Caminaba en el sentido del tiempo. Salí del puerto por Colón y esquivé un par de ratas muertas -tal vez ratones crecidos, tal vez ratas- pasé el gueto comercial y finalmente doblé por Sarandi pensando un poco en esto, otro ya en establecerme en alguna ochava con alero al resguardo de la lluvia que se hacía más y más fuerte. Me quedé en la puerta de un almacén-autoservicio, de esos que tienen todo el aire a almacén pero en algún punto fueron “convertidos”. Observaba la vida casi barrial de la esquina, la conversación de un tipo plantificado en la puerta del bar con alguien que bien podía ser el canillita, pero que también podía ser cualquier otra cosa. Enseguida me di cuenta de mi calidad de forastera, y todo el tiempo estaban pasando otros forasteros como yo, tan ajenos a aquel escenario como hasta cinco minutos antes yo misma. Bajo esta perspectiva, me pareció más que clara la razón del misterioso quiebre de espíritu de la calle. En verdad, el desconocimiento de ese tramo de Sarandi, lejos de ser un sujeto en sí mismo, es la consecuencia obvia de un hecho irrefutable: nunca nadie se ha parado allí. Tiene algo de agresiva con el forastero, y casi no me parece mal. Para entonces la lluvia había cedido un poco, solo un poco pero preferí mojarme a seguir apersonando el papel de invasor. Caminé unas cuadras buscando aleros, cruzando una y otra vez esa calle ahora extraña, como cuando uno camina por un barrio de esos que quedan pocos y siente la mirada de las viejas en la nuca, escudriñando nuestra identidad tras el vidrio de la puerta cancel. En eso estaba, casi a punto de toparme con la tranquilizante y ansiada M del anonimato, cuando vi a mi viejo, en la vereda de enfrente, unos metros adelante.
El salía del juzgado penal de segundo turno y volvía a la fiscalía (o eso fabricó mi imaginación), tenía hambre, como siempre a esa hora, y saboreaba el olor a carne frita o asada que emanaba aún, aunque sutil, de cada boliche y bar; paró en una panadería sin embrago, y se compró un par de pan con grasas que devoró con dificultad mientras sostenía el paraguas y el portafolios con la misma mano y caminó apurado pensando en cualquier cosa. Cuando hubo finalizado su almuerzo, algo más satisfecho, dedicó el resto de su trayecto a observarse con tristeza desde fuera, desde la mirada a vuelo de pájaro de un observador genérico. Y vio su existencia en diez o quince minutos. La caminata era una forma de transporte y lejos de cualquier apreciación estética, era una forma de sacrificio de la que estaba orgulloso. Era una constante con dirección y sentido. Él caminaba hacia. Y no había vuelta, estaba decidido a seguir caminando. Como el resto de la gente, hacía lo que debía hacer a cada paso, sin detenerse en ningún momento, la clave, justamente, era esa. Alguien lo pechó y siguió sin prestarle demasiada importancia en el alboroto de la calle, auque no evitó el involuntario reflejo de mirar al maleducado.Pensé en cruzar y decir hola, pero no lo hice. Me quedé observando bajo la lluvia, a ese tipo que en el caudal de múltiples y dispares forasteros era uno más. Y entonces resonó en mi cabeza, al mejor estilo novela de las tres de la tarde, una idea que se venía gestando hacía tiempo, pero que hasta ese instante no me había atrevido a pronunciar, ni inquiera en mi mente. Y qué tal si era también un poco mi culpa, digamos mejor, y qué tal si era yo tan responsable como él. Y así fue como me quedé mirando al hombre que venía a ser mi padre. Lo imaginé en su diaria rutina y preferí no interrumpirla, mantener la distancia, que era por otra parte, lo que venía haciendo desde siempre, lo natural. Y entonces pensé en esa cuestión dual que tiene la palabra: lo natural puede ser tanto la regla social como la personal, que a veces se juntan y muchas no. Seguí caminando pero no dejé de mirarlo, con cierta ternura, debo admitir, como quién mira un niño jugar, abstraído del mundo, ajeno y misterioso y al mismo tiempo inexorablemente cercano. Como quién mira un punto conocido, que alguna vez fue destino, en un mapa de rutas. Ahí estaba mi viejo, al otro lado de la calle, unos metros adelante.