31 julio 2004

EL REGRESO DEL HIJO PRÓDIGO


De vuelta en la oscuridad de mi cuarto, solo poblada por la rítmica vibración del procesador y el desorden, recordé de pronto por qué empecé a escribir algún día.

A veces, la vida es simplemente demasiado intensa para dejarla pasar y a uno le dan ganas de guardarla en el bolsillo, como para saborearla al rato. El esfuerzo es vano y no se tarda en descubrirlo; y sin embargo, la tentación es demasiado grande como para no seguir intentándolo.

De regreso a casa, luego de una larga y hasta llevadera comunión familiar con mis suegros, cuñados y otros parientes, Montevideo dormía la siesta del invierno, sonaba patience en la radio y yo, acaso por la felicidad pueril de la estufa ajena que me es dada en préstamo y como tal y aunque sea por un rato, y finalmente, logro disfrutar, me siento bien y disfruto. De la música al menos. De la calle desolada, al menos. De la posibilidad de acelerar en las curvas y sentir el agarre del motor, y después saberlo deslizándose como una caricia sobre el asfalto; en línea recta, hacia el final.

Las calles de Montevideo, durante el frío de la noche, son habitadas sólo por tacheros prudentes y habitués del boliche de la esquina, que no cierra nunca y existe desde antes que los veinticuatro horas fueran si quiera concebidos en alguna mente brillante y capitalista. Y también son habitados por fortuitos forasteros como yo, que maravillados por la inaudita experiencia del sueño, no hacen otra cosa que preguntarse donde están; o mejor dicho, donde está Montevideo. Se fue a dormir, Montevideo.

La vaciedad de cualquier cosa es demasiado inquietante como para parecerse al sueño. Y tal vez de eso se trate al fin la cosa. O al menos al fin de eso se trate la potencia de una música cualquiera, ya sea que suene en la radio y venga del recuerdo o por el contrario se dibuje desde una penumbra. Es una noche de reencuentros.

El de un hijo pródigo, que ha sentado cabeza, con su orgullosa familia. El de mi conciencia con el texto; el de mi sensibilidad consigo misma. El de mi piel con los besos. Y con un hijo pródigo, a quién también espero orgullosa, participante ajena de una familia impropia. Los sentimientos de los otros son a veces tan avasallantes, que uno no puede más que hacerles sito, cual arquitecto sabio y acaso humilde. Y esto nos deja, inexorablemente, un sabor agridulce y refinado, pero triste. Esto nos deja sin más, en la extraña posición de espectadores, inertes y cautos, y aún sensibles. Esto nos deja en el inquietante vacío del sueño, del calmo y estridente sueño, del reparo y la luz, la alegría y el gozo y también, la tristeza.

Montevideo duerme y yo no. Yo escribo, o describo más bien. Las cosas suceden frente a mi ojo, y yo las siento. Montevideo duerme y calla y yo no. Yo cuento.

Cuento cuentos que no lo son y por eso nadie lee.

Cuanto cosas que nadie vio.

Cuento historias sin argumento.