Todo empezó con la fuerte espiritualidad castense que tenía mi padre en un tiempo. El creía en El Merecimiento. Todavía cree, solo que ahora no lo dice tanto. Debería explicar en qué consiste esa fé. Es bastante simple y no tanto en verdad. “Cada uno recibe lo que merece” es su dogma primero. Si uno es justo y trabajador, recibe el mínimo: una vida castense. Y no puede aceptar nada más que eso, sólo lo que corresponde a la ofrenda que hace al universo. Este, no es más que un gran mercado de trueque. Es el mayor pecado del buen merecedor aceptar algo que no siente merecer.
Si por ejemplo al creyente se le ofrece un segundo plato de comida, éste no debe preguntarse si aún siente apetito o gula, debe preguntarse ¿qué he hecho hoy para merecerlo? Distinto es si por ejemplo el creyente se topa en la calle con un billete de 100 pesos tirado en el piso. Siendo este el caso, el creyente lo tomará sin cuestionamientos y entenderá que se lo merecía. La satisfacción de este hallazgo será doble: la de su nueva posesión y la del descubrimiento de un merecimiento que no había registrado.
Esa vida de eterno trueque entre el universo y el creyente puede generar excedentes para él, en ese caso, el merecedor sentirá que no puede adquirir más bienes de consumo, pues esto implicaría un estilo de vida propio de otra casta. El buen merecedor entenderá el excedente como un bien del que será sólo administrador. Como si el universo le otorgara el privilegio de “representarlo”, por esta vía. El patrimonio que surge de ese excedente deberá incrementarse y nunca lo contrario. Si el creyente se encuentra en aprietos, entenderá que su estatus de administrador se ve amenazado por su mala conducta y preferirá pasar penurias a cometer el peor de los pecados.