Una noche de jueves en la otoñal movida quieta de ciudad vieja, nos retrotrae inexorablemente a la nostalgia. (está de más decir que la música seudo unplugued retro rock no hace más que intensificar la cosa, más aún si viene a sonar lo que alguna vez fue banda sonora de tanguito), pero Montevideo, es siempre una nostalgia. Es casi un continum tectónico de ella; sobretodo en otoño; sobretodo en ciudad vieja. La realidad es, que a pesar de negarlo, a todos nos gusta y nos gusta, sobretodo en otoño.
Calamaro dijo que todo lo que termina, termina mal, resumiendo de una vez por todas y sin más vueltas, en un momento de lucidez certera y ancestral, lo que de una y mil formas viene diciendo cada uno de los tangos escritos, desde que el tango adquirió letra. Y es verdad, Calamaro dijo muchas cosas entre rima y rima hedonista, pero de las que tienen sentido, es la que más me gusta. Los amores que nunca murieron persisten dentro en forma de nostalgia. No vivieron, no murieron, y la latencia los mitifica.
La nostalgia los hace vivir en la imaginación, pero solo como viven los personajes de un libro al pasar de las páginas y de una mirada sobreprotectora. No viven y no han muerto aún. Y a pesar de lo que los psicólogos digan, no creo que sea posible o deseable matarlos. Son esos amores que han nacido destinados a la muerte, los que más amparamos en la latencia. Los matamos antes de que mueran, sabiendo que así, persistirán fantasmas por siempre.
Me enamoré una vez de un poeta judío. Y aún no he sabido su nombre, apenas conocí alguna vez sus letras.
Me lo encontré de pronto, una tarde de verano, con una brisa fresca en la solapa y una sonrisa entre los dedos. Y supe que era trascendental que nuestro amor muriera antes de haber nacido.